sábado, 25 de julio de 2009

Mi bolso de género


Reúno todas mis emociones, las envuelvo en un pequeño trozo de género y las guardo cuidadosamente en mi bolsillo.

Mientras avanzo por las atestadas calles de la ciudad huyendo hacia la paz, voy apretando con la mayor delicadeza este pequeño envoltorio que contiene todas mis experiencias sentimentales: las que he vivido y aquellas que, aún reprimidas, forman parte de este bagaje de sensaciones propias.

-Será más que un amuleto -pienso mientras voy palpando con mi pulgar, el primer beso en aquel inocente juego de barrio-. Es como tener la felicidad escondida, para que nadie me la pueda robar. He vuelto a sentir esas caricias de adolescente.

Me he sentado en un banco de plaza, dejando atrás el bullicio y el gentío. Solos, mis recuerdos y yo. Yo y esas ansias reprimidas, recordando ese triángulo perfecto del cual una vez me culparon de haber roto.

Sigo buscando en este cofre de sensaciones. Toco, con mi dedo anular, aquella infinita protección del padre y vuelvo por un instante a ser la hija frágil, prendida de esa mano firme, capaz de guiarme por los laberintos más tenebrosos, con la certeza de llegar a destino.

Continúo hurgando. Necesito palpar emociones tan fuertes y reales como sólo se sienten en el umbral de la juventud, es decir en donde me encuentro ahora.
En mi pequeña -pero a la vez enorme- bolsa de género, están escondidas mis emociones más íntimas, los momentos más intensos ya vividos y también aquellos guardados sólo como anhelos, para el día en que me inunde el valor.

Prosigo escarbando, dentro de este envoltorio mágico. Salgo de la luz y entro en la penumbra. Una tenue llama de vela ilumina mis sentimientos. ¿Deberé tocar su imagen, o sólo contemplarla?

Vuelvo a mirar esta plaza con sus árboles sin hojas, únicos testigos de mis secretos. ¿Habré guardado todo lo que quiero y necesito para seguir respirando? ¿Habré sido tan necia, como para olvidar tan sólo un pensamiento de amor y alegría en mi bolso encantado?

Ahora que tengo el más grande de los tesoros en mi mano, puedo continuar mi vida. Si lo pierdo, no podré volver a sentir la magia, seré un cuerpo sin vida, un ser sin emociones. Un ente de existencia plana, como la línea de un ferrocarril en el desierto, desprovisto de curvas y estaciones. Rodando a un ritmo tedioso, monótono, sin sentido.

Guardo nuevamente mi pequeño cofre de vivencias y esperanzas y me dirijo a las bulliciosas calles de esta ciudad gris, a enfrentarme con aquellos seres inconmovibles, que no escuchan, que llevan una vida carente de emociones; con aquellos que no han sabido fabricar un pequeño bolso como el mío, tan simple y tan lleno de complejidades. Donde cabe todo lo positivo de mi ser; con aquellos que sólo viven despiertos; con aquellos que no saben soñar.

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